Perdida. Sin orientación espacial. Doy los primeros pasos, intentando seguir la dirección a cargo de mi compañera Melisa. De a poco me dejo llevar por esta experiencia nueva. Me involucro, decididamente.
Mis manos, su tacto se hacen preponderantes. Intentan suplir la falta de la visión. Me hago conciente de las texturas que mi compañera me indica tocar: tiza, pizarrón, ásperos. Manos de alguien, con las que interactúo y libramos una guerra de dedos, de la que salgo victoriosa. Cabellos de otra persona. Ubico la columna que está en el aula, con sus respectivos carteles a medio pegar. Luego me encuentro con una sucesión de carpetas a la altura de los bancos, todas con sus particulares relieves, que me hacen imaginar sus colores. Mis manos, como mi cuerpo entero, se liberan. De repente encuentro una persona con la cual intercambiamos unos golpes, seudo batalla, con la que terminamos a las risas.
A medida que pasa el tiempo, empiezo a captar sonidos diferentes. El oído también se implica. Risas, puertas que se abren y cierran, pasos. De repente alguien se choca un banco, o una silla. Y suceden más risas. Espontáneamente emito sonidos, me doy cuenta que los estaba emitiendo sin percatarme de ellos. Disfruto de mis risas, y de las de los demás.
También me dejo guiar por aromas; la lluvia tiene su olor particular, que entra por la única ventana que está abierta. De vez en cuando se filtra un perfume de mujer, olor a cigarrillo que entra desde el pasillo. Crean el clima, aportan detalles del lugar. Percibo que ingresa viento, un poco frío. Lo revela el tacto de mi piel, mediante una incipiente piel de gallina.
Luego cambiamos roles. Me identifican las actitudes y comportamientos de mi compañera. Me veo en su progresivo desenvolvimiento. Al mismo tiempo observo a los demás, me causa gracia verlos, y me sumo a esa mezcla de manos, risas, espaldas, encuentros de imprevisto.
Fin del ejercicio. Cuesta volver a la realidad. Nos miramos, en la ronda, con complicidad. Tengo mucho que decir, pero me lo impide el seguir disfrutando de una sensación que me invade, que me hace sentir que ahora somos un poco más iguales, todos, y al mismo tiempo que cada uno es uno, es único.
Ahora, en mi casa, pensando en retrospectiva, logro describir cada sentimiento, porque los pude apreciar con todos los sentidos, en ese momento.
Delegar la función de la vista, tan superior con relación a los demás sentidos, siempre, a la hora de vivir. Conocer a una persona, en mi caso, es verla, mirarla, observarla.. Podría decir que estoy acostumbrada a que sea la instancia más importante. Sin embargo, pude acercarme con este ejercicio, a una nueva manera de conocer. Aprender a mirar, sin los ojos. Reconocer el espacio, a los demás, a mi misma, sin la presencia intimidante de la mirada, que se clava, que prejuzga, que determina. Usar las manos, el tacto, de una forma no habitual, sin que sean meros utensilios de transporte de objetos. El tacto, de a poco conoce y reconoce. Como el olfato, el oído y la voz, sentidos menos directos, con un gran poder de transmitir relieves, texturas, velocidades y temperaturas. Diferentes estados.
Experimentar cómo los sentidos cambiaron su jerarquía.
Y dejar que mi percepción se libere de los prejuicios.